¿Qué son las lluvias meteóricas?

Originalmente publicado en http://www.tauzero.org/blog

Todos los días la Tierra recibe más o menos 3 millones de kg de material proveniente del espacio. Esto parece mucho, pero si se le compara con los 5973700000000000000000000 kg que hacen su peso normal, en realidad no es gran cosa. En masa es equivalente a agregarle cada día unos cuatro glóbulos rojos a un ser humano.

Este material que viene del espacio en su mayoría consiste en “meteoroides”, es decir, cuerpos que vagan por el espacio interplanetario y que tienen un tamaño que va de las centenas de micrones hasta las decenas de metros. Nuestra atmósfera constituye un escudo natural ante estos cuerpos errantes, de modo que la mayoría se consume en ella sin ser detectados visualmente. No obstante, unos pocos cada hora tienen un tamaño suficiente para producir una traza de luz visible durante su paso por la atmósfera terrestre hacia la superficie del planeta.

Si alguna vez pediste un deseo al ver una estrella fugaz, entonces viste un meteoroide cruzando nuestra atmósfera, lo que en jerga técnica llamamos un “meteoro”. Si el deseo se te cumplió, tuviste lo que en jerga técnica llamamos “un tremendo golpe de suerte” 🙂 Cuando el meteoro es capaz de sobrevivir hasta que algo del meteoroide original impacta en la superficie de la Tierra, ese pedruzco recibe el nombre de “meteorito”.

A los meteoroides corrientes se suman en ciertas fechas fuentes más espectaculares de meteoros, lo que permite detectar desde decenas a miles de ellos por hora. En estos casos hablamos de “lluvias meteóricas” para retratar con el vocabulario la intensidad del fenómeno. A tal frenesí llega en ocasiones la descarga de meteoros que históricamente hallamos registros de más de una vez en que una lluvia meteórica particularmente generosa pareció para la gente de la época preludiar el fin del mundo. Aunque menos apocalíptico, su origen es igualmente interesante y tiene que ver con las apariciones de otros objetos celestes tradicionalmente asociados con augurios de buena o mala fortuna: los cometas.

El Sistema Solar es constantemente visitado por cometas, que son básicamente grandes bolas de hielo y polvo. Algunos de estos cometas hacen un único paso por nuestro sistema solar y no sabemos más de ellos. Otros quedan capturados por la gravedad del Sol y se convierten en visitantes periódicos. El más famoso de estos últimos es el Cometa Halley, que fue visible por última vez en 1986 y volverá a serlo en 2062. Pero no hay viaje gratis. La tarifa que los cometas periódicos pagan por su paseo es un creciente desgaste de su estructura. Este desgaste ocurre en parte por la misma acción gravitacional del Sol y de los planetas por cuyas vecindades transitan, pero también por efecto del viento solar, que arranca partículas al cometa formando su cola. Esta progresiva fragmentación del cometa produce que a la larga éste deje de existir, sobreviviéndole nada más un conjunto de partículas de variado tamaño, las que se distribuyen a lo largo de toda la órbita del cometa original, exhibiendo una concentración más elevada en torno al lugar donde antiguamente estaba el núcleo. Sin embargo, mucho antes de que el cometa cumpla este destino, su órbita completa se encontrará poblada de partículas que la cola habrá ido sembrando a su paso. Estas partículas no sólo se distribuyen a lo largo de la trayectoria del cometa, sino que también se esparcen radialmente, alejándose de la órbita, de modo que ella engorda y vuelve altamente probable un encuentro con su enjambre de partículas. Para algunos cometas cuya aumentada órbita ahora intersecta la órbita terrestre, la fecha anual de este encuentro es bien conocida, de modo que es posible preparar la observación de tales eventos con anticipación.

Quizás la lluvia meteórica que año a año causa mayor expectación es la de las Leónidas, asociada al cometa progenitor 55P/Tempel-Tuttle. Cerca de noviembre 17, es posible observar fácilmente uno o dos meteoros por minuto emergiendo desde un punto en la constelación Leo. Esto es un espectáculo vistoso, digno de presenciar, pero la naturaleza reserva sus mayores placeres para quienes la cortejan con paciencia. 55P/Tempel-Tuttle tiene un período aproximado de 33 años. Cuando el cometa ha pasado recientemente cerca de la Tierra, la concentración de partículas en su órbita es mucho mayor que cuando han transcurrido ya varios años desde su aproximación. Consecuentemente, también cada 33 años las Leónidas exhiben un máximo en el conteo de sus meteoros. La lluvia de 1833, propiamente tildada muchas veces de “tormenta meteórica” permitió a muchas personas ver miles de meteoros por hora. Una verdadera cascada de fuego celestial. Los periódicos europeos de la época relatan que l@s vecin@s se despertaban un@s a otros con gritos que proclamaban el Juicio Final; el mismo destello de los numerosos “bólidos” (meteoros de mayor tamaño y brillo que los ordinarios) iluminaba los dormitorios impidiendo que la gente durmiera. Más importante para la astronomía es el hecho de que ésta fue la primera lluvia que, por el interés general que concitó, atrajo los esfuerzos de los astrónomos de la época por estudiar este fenómeno científicamente.

No todas las Leónidas observadas cada 33 años, o incluso las comunes observadas cada año, tienen la misma intensidad. La lluvia de 1966 fue mucho más rica que la de 1999, por ejemplo. Esto se debe a que las trayectorias de los cometas cambian ligeramente con el paso del tiempo. Como ya hemos visto, cada paso de 55P/Tempel-Tuttle deja una estela de partículas a lo largo de su órbita. Órbitas distintas implican, entonces, estelas distintas. Cuando la Tierra se encuentra simultáneamente con dos o más de estas trayectorias, el fenómeno es muchísimo más intenso que cuando la intersección tiene lugar con una sola de ellas. Si encima una de estas estelas ha sido creada tras un paso reciente del cometa, entonces el resultado es una tormenta meteórica en toda regla.

Entre muchas otras lluvias, algunas de intensidad importante y visibles desde el Hemisferio Sur son las Eta Acuáridas (mayo 6), las Oriónidas (octubre 21) y las Gemínidas (diciembre 14).

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